Muy al sur de la España continental, el archipiélago de las
Islas Canarias situado cerca de las costas africanas de Marruecos, presenta
singularidades tan peculiares y paisajes tan extraños como los que podemos
encontrar en la Isla de Lanzarote. Un suelo oscuro, casi negro, de origen
volcánico; cráteres que nos recuerdan postales lunares y un clima desértico
hacen difícil creer que pueda éste ser el hogar de numerosas bodegas,
vinicultores y unas cepas que producen cerca de 2.000.000 de botellas anuales.
Imposible el uso de maquinaria en tan singulares viñedos,
hace que todos los proceso en los “campos” se lleven a mano, desde los cuidados
de la planta, la cosecha y como no, la creación de los hoyos en los que se
alojan las cepas para resguardarlas de los cálidos vientos saharianos con la
ayuda de muros de piedras superpuestas. Todas estas características aportan un
marcado sabor volcanicomineral a unos vinos perfectamente equilibrados con la
alta acidez que presentan. Blancos, rosados, tintos y espumosos son
mundialmente premiados cada año en los encuentros internacionales del sector.

Abae, Antoñito, Tamboril o vieja son algunos de los nombres que reciben pescados propios de las aguas cercanas y que los que han podido viajar hasta tan singular destino seguro que han podido probar junto con una copa de los vinos de la tierra. Se me ocurre la irrefrenable idea de maridar una botella que guardo en mi bodega con una receta de papas arrugas ahogadas en un sabroso mojo canario. Salud!

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