martes, 22 de septiembre de 2015

Queso Tetilla - La forma del sabor

En el mundo de los quesos generalmente no existen medias tintas: o los amas o no puedes ni olerlos. Como no podría ser de otra forma, me considero un "ratón" de primera categoría en lo que a mi gustos por los quesos se refiere y siguiendo una buena y antigua costumbre, suelo terminar mis comidas con un pequeño trozo de algunos que procuro nunca me falten en la despensa. En todo caso, disfruto en el hiper siempre que puedo comprar pequeñas porciones y probar cada nueva variedad que encuentro.

Ya sea solo por alusión directa, aunque méritos no le faltan, está claro que mi siguiente post debía de ser al hilo del anterior, hacia este otro queso que rivaliza en forma con el San Simón da Costa. Sin duda alguna su nombre es uno de sus valores más directos, dibujando en la cara del que lo escucha nombrar, cuando menos, una media sonrisa que deja claro lo acertado de su "apellido" con la notable coincidencia de la forma. Y digo bien, coincidencia, ya que no deriva de la intención sino de la forma de los embudos en los que originalmente se dejaba cuajar la leche.



La Denominación de Origen Protegida Queso Tetilla nació formalmente en el año 1992 aunque sus orígenes son milenarios y existen escritos del siglo I que hacen referencia a unos quesos confeccionados en la zona de Galicia a los que el célebre escritor de la época, Plinio el viejo, denominaba en el latín original "mamulas lactem", mamillas de leche o tetillas en nuestro castellano actual. Posee un sabor suave y cremoso, ligeramente ácido y salado. La pasta es de color marfil y la corteza, lisa y fina, alcanza tonos de amarillo pajizo. Sin duda alguna su mejor distintivo es esta tradicional forma cónica, de cóncava a convexa rematada con un pezón en el vértice.

Al año se elaboran unas 3.000.000 de piezas con una tasa de exportación en crecimiento sin lugar a dudas apoyada en el sello de calidad y confianza que le aporta la D.O.P. que garantiza su origen y tradicional fabricación.

No me cuesta mucho imaginarme una loncha ligeramente derretida tras pasar vuelta y vuelta por la plancha, sobre una rebanada de pan tostado y una pizca de hiervas aromáticas. Por suerte aún me queda un poco del Ribeiro de la cena.

¡Salud!


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